Se ha publicado el Informe sobre la desigualdad global de 2026. El Informe, publicado por el World Inequality Lab, nos obliga a mirar una realidad incómoda: operamos en un sistema que no solo genera riqueza, sino que institucionaliza la exclusión.
La desigualdad que documenta el informe no es un fallo accidental del mercado; es el resultado de una arquitectura financiera, fiscal y política diseñada para concentrar el éxito en un 0,001% mientras erosiona las bases de la cohesión social y la estabilidad climática.
El informe concluye como la desigualdad se ha incrementado desde diversos ámbitos, los cuales se refuerzan mutuamente. Es decir, la misma tiene diversas dimensiones que se retroalimentan y van creando un circulo vicioso que profundiza las desigualdades a nivel político, social, económico, de género y/o ambiental.
En este artículo planteamos una serie cuestiones que pueden profundizarse a través del informe —desde la brecha de género hasta el ‘colonialismo financiero’ moderno— no para fomentar el pesimismo, sino para entender mejor las raíces de la desigualdad, entendiendo que la misma es una elección política, y saber desde donde partir para impulsar la transformación social. Transformar este ciclo vicioso en uno de justicia social es el imperativo moral y económico más urgente de nuestro tiempo, y hace falta voluntad política para ello.
¿A mayor riqueza mayor desigualdad?
De acuerdo al informe la población mundial pasó de aproximadamente 1000 millones en 1800 a más de 8000 millones en 2025. Durante el mismo período, la renta media anual por persona pasó de unos 900 euros a casi 14 000 euros (en euros de 2025), lo que supone un aumento de dieciséis veces. En conjunto, estas dos fuerzas se tradujeron en un aumento medio de la producción mundial de alrededor del 2,2 % anual durante 225 años. El aumento de la producción por persona ha significado que la humanidad, en promedio, se ha vuelto mucho más productiva que en el pasado.
Mantener estos niveles de producción ejerce una presión cada vez mayor sobre los recursos del planeta, y los beneficios del crecimiento distan mucho de repartirse de manera equitativa. En teoría, los ingresos mundiales actuales serían suficientes para proporcionar a cada persona unos 1200 euros al mes (14 000 euros al año). Sin embargo, en realidad, estos recursos se distribuyen de manera muy desigual, y una pequeña minoría acapara una parte desproporcionada de las ganancias.
La brecha de ingresos que observamos hoy no es un accidente de la modernidad, sino una estructura que ha sabido mutar para sobrevivir a lo largo de los últimos dos siglos. Lejos de reducirse, la desigualdad se ha institucionalizado.
Para entender la magnitud de esta concentración, basta un dato actual demoledor: el 0,1% de la élite global percibe hoy los mismos ingresos que la mitad de la población adulta mundial combinada. Mirando hacia atrás, el informe señala como en 200 años la mitad más pobre de la humanidad nunca ha logrado superar el 15% del ingreso total, evidenciando un sistema que, a pesar de sus revoluciones tecnológicas y sociales, mantiene una arquitectura de exclusión prácticamente inalterable.
¿Cómo se distribuyen los ingresos anuales en el mundo?
La desigualdad de ingresos es abrumadora. De acuerdo al informe, actualmente el 10% de la población con mayores ingresos percibe más dinero que todo el 90% restante combinado. Si miramos a la base de la pirámide, la mitad más pobre de la humanidad apenas logra capturar el 8% de los ingresos totales (medidos en PPA de 2025). La concentración es mucho más extrema cuando hablamos de patrimonio (propiedades, acciones y ahorros) que de salarios.
- El 10% más rico del planeta es dueño del (75%) de la riqueza mundial.
- En contraste, el 50% más pobre de la población mundial apenas posee un ínfimo 2% de la riqueza total.
En ese sentido, el 10 % más rico posee tres cuartas partes de todos los activos, mientras que la mitad más pobre solo posee el 2 %. El 1 % más rico controla por sí solo el 37 %, mucho más que el 50 % más pobre en su conjunto. En el extremo, unos pocos miles de multimillonarios poseen más riqueza que miles de millones de personas juntas, y desde la década de 1990, los centimillonarios y multimillonarios han visto crecer su riqueza mucho más rápido que el resto de la población.
Hoy, estamos en una brecha donde el 0,1% más rico percibe lo mismo que 2.500 millones de personas juntas. La riqueza no «gotea» hacia abajo; se succiona hacia arriba.
¿Qué tan poderosa es la élite económica del 0,001%?
En informe señala que menos de 60,000 multimillonarios (el 0,001% más rico) controlan tres veces más riqueza que la mitad de toda la humanidad junta. Además, su dominio ha crecido sostenidamente: en 1995 poseían el 3.8% de la riqueza global, cifra que ha escalado hasta casi el 6.1% en 2025. La desigualdad no solo persiste, sino que se acelera. Desde la década de 1990, la fortuna de los multimillonarios ha crecido a un ritmo del 8% anual, lo que representa casi el doble de la velocidad a la que crece la economía de la mitad más pobre de la población. Mientras los más pobres han tenido ganancias muy modestas, estas quedan totalmente eclipsadas por la acumulación masiva en la cima.
¿Pagan más impuestos quienes más tienen?
Contrario a lo que se esperaría de un sistema justo, la fiscalidad suele fallar en la cima. Aunque las tasas impositivas suben de forma constante para la mayoría de los ciudadanos, estas disminuyen drásticamente para los multimillonarios y centimillonarios. Estas élites logran eludir el pago de impuestos, terminando por pagar proporcionalmente menos que hogares con ingresos mucho más bajos. Este patrón regresivo genera un impacto negativo al privar a los Estados de dinero vital para invertir en salud, educación y acción climática, y disminuye la legitimidad del sistema tributario ante el resto de la población.
¿Cómo genera desigualdad el diseño del sistema financiero internacional?
Como señala el informe, más allá de la producción o el comercio, existe una estructura invisible que dicta quién gana y quién pierde en la economía mundial: el sistema financiero. La arquitectura actual no es neutral; está estructurada para favorecer sistemáticamente a los países emisores de monedas de reserva (como el dólar o el euro). Estos países pueden endeudarse de forma persistente a costos muy bajos, mientras prestan dinero a tasas más altas y atraen el ahorro de todo el planeta.
En contraste, los llamados países en desarrollo sufren el efecto espejo: sus deudas son costosas, sus activos rinden poco y experimentan una fuga constante de ingresos hacia el exterior. Es la ventaja económica que obtienen las naciones ricas por el simple hecho de que el mundo usa sus monedas y activos.
Este privilegio no se debe a que estos mercados sean más eficientes, sino a un diseño institucional. Factores como las normas reguladoras, las calificaciones de las agencias de crédito y la demanda de «activos seguros» (como los bonos del Tesoro) consolidan esta ventaja para los centros financieros del mundo rico, permitiéndoles actuar como «rentistas financieros» a costa de las naciones más pobres.
¿Cuáles son las raíces de este sistema financiero desigual?
El sistema actual replica lógicas del pasado colonial. Mientras que antes las potencias extraían recursos naturales para cubrir sus déficits, hoy las economías avanzadas logran lo mismo a través de las finanzas. Los países en desarrollo se ven obligados a transferir sus recursos al exterior, lo que les resta capacidad para invertir en sectores críticos como educación, sanidad e infraestructuras. Esta estructura financiera no solo separa a los países ricos de los pobres, sino que aumenta la desigualdad dentro de cada nación. Al verse obligados a transferir capitales fuera de sus fronteras, los gobiernos de los países en desarrollo pierden espacio fiscal. Sin dinero público disponible, es imposible financiar un desarrollo inclusivo, lo que profundiza la pobreza y la exclusión interna.
¿De qué manera la riqueza extrema distorsiona la democracia?
La concentración del poder financiero se traduce en una influencia política desmesurada. El dinero amplifica las voces de las élites, lo que reduce el margen para crear políticas de lucha contra la desigualdad y margina las necesidades de la mayoría trabajadora. En la práctica, esto significa que quienes tienen la riqueza tienen también el «megáfono» para dictar la agenda del Estado. La situación actual no es un accidente, sino el resultado de normas sobre financiación de campañas, estrategias de partidos y diseño institucional.
¿Cuál es la participación de las mujeres en los ingresos laborales globales?
La desigualdad no es solo una cifra en una cuenta bancaria; está grabada en las estructuras de la vida diaria y en cómo se reparte el tiempo entre hombres y mujeres. A nivel mundial, la situación está prácticamente estancada. En 2025, las mujeres solo capturan poco más de una cuarta parte (28.2%) de los ingresos laborales totales. Lo más preocupante es que esta proporción apenas ha variado en las últimas tres décadas: en 1990 era del 27.8%, lo que demuestra un avance extremadamente lento hacia la paridad.
La brecha a nivel mundial es diferenciada, y pese a existir diferencias marcadas según las regiones, aún no se alcanza la paridad de género.
- Niveles más bajos: En Oriente Medio y el Norte de África, las mujeres ganan solo el 16% de los ingresos laborales.
- Niveles intermedios: En el África Subsahariana la cifra es del 28%, y en Asia Oriental del 34%.
- Niveles más altos: Europa, América del Norte y Oceanía muestran mejores resultados, pero las mujeres aún se quedan en el 40%, lejos de una distribución 50/50
Si sumamos el empleo remunerado y las tareas domésticas y de cuidados, las mujeres trabajan significativamente más que los hombres. En promedio, las mujeres dedican 53 horas semanales al trabajo total, frente a las 43 horas de los hombres. Es decir, las mujeres cargan con una jornada global más pesada pero con menor reconocimiento financiero.
Adicionalmente, el valor que el sistema otorga al tiempo de las mujeres cae drásticamente cuando se analiza la carga total de trabajo:
- Excluyendo el trabajo no remunerado: Las mujeres ganan el 61% de lo que ganan los hombres por hora.
- Incluyendo el trabajo no remunerado: La cifra se desploma al 32%. Esto significa que gran parte del esfuerzo femenino (cuidados, limpieza, gestión del hogar) es «invisible» para la economía formal, lo que limita su capacidad para acumular riqueza y participar en política.
La economía global es, en gran medida, parasitaria del trabajo de cuidados no remunerado. Al infravalorar el trabajo femenino en un ínfimo 32% (cuando se incluye lo no remunerado), estamos admitiendo que nuestra «prosperidad» depende de la explotación del tiempo y la energía de las mujeres.
¿Qué ocurre con la desigualdad ambiental? ¿Cómo se distribuyen las emisiones de carbono según la riqueza?
El cambio climático suele presentarse como un desafío global que nos afecta a todos por igual, pero los datos demuestran que tanto la culpa como el riesgo están distribuidos de forma radicalmente dispar. La brecha en la huella ecológica es asombrosa. La mitad más pobre de la población mundial es responsable de apenas el 3% de las emisiones asociadas a la propiedad de capital privado. En el otro extremo, el 10% más rico genera el 77% de dichas emisiones.
La concentración del daño ambiental en la cúspide es extrema. Solo el 1% más rico representa el 41% de las emisiones de carbono vinculadas al capital privado. Esto significa que un grupo minúsculo de personas contamina casi el doble que el 90% más pobre de la humanidad combinada. El informe reafirma lo que viene señalándose durante años, la vulnerabilidad climática es inversamente proporcional a la responsabilidad, es decir los que menos emiten son poblaciones de países de bajos ingresos que están más expuestas a desastres naturales, sequías y crisis climáticas y los que más emiten tienen los recursos financieros necesarios para protegerse, adaptarse o incluso retrasar (pero no por mucho tiempo) las consecuencias directas del calentamiento global.
Cuando analizamos las emisiones desde la propiedad de los activos (quién posee las empresas y las fábricas), la desigualdad es abrumadora: el 1% más rico es responsable del 41% de las emisiones, mientras que la mitad más pobre del mundo no contribuye prácticamente con nada. El problema no es solo el estilo de vida de una élite, sino un sistema donde la rentabilidad del capital privado depende de la degradación ambiental.
Un llamado de atención y de transformación
Como podemos observar el informe nos permite reflexionar, a nivel de distribución de la riqueza, desigualdades ambientales o de género, la desigualdad del sistema financiero, y como estamos viviendo en un sistema político y económico que de no transformarse, seguirá afianzando la desigualdad y dificultará mas la construcción de la justicia social. El informe 2026 nos deja una lección clara: el crecimiento sin redistribución no es progreso, es acumulación. Si no intervenimos sobre los patrones de propiedad y la estructura del capital, el futuro no será de prosperidad compartida, sino de una concentración de poder sin precedentes en la historia humana.
La desigualdad es multidimensional y se retroalimenta. Mientras el mundo ha alcanzado niveles de producción y riqueza sin precedentes, los mecanismos de distribución permanecen bloqueados. No estamos ante una desigualdad estancada, sino ante una que muta y se intensifica en la cúspide.
La estructura del sistema actual permite que una minoría disfrute de los beneficios económicos de actividades con altas emisiones mientras traslada el peligro y el costo ambiental a la mayoría pobre. Por ello, la crisis climática no puede entenderse solo como un fenómeno natural, sino como una crisis social profunda. La desigualdad climática es la prueba definitiva de que los problemas ambientales están intrínsecamente ligados a los económicos. Sin abordar la concentración de la riqueza, es imposible gestionar de forma justa la transición ecológica.
Las mujeres continúan sosteniendo la vida y la economía trabajando más horas que los hombres y el sistema las retribuye menos por ello Esta brecha no es un error de cálculo, sino el resultado de ignorar deliberadamente el trabajo de cuidados, ese «trabajo invisible» que recae desproporcionadamente sobre sus hombros y que subvenciona el crecimiento mundial a costa de su tiempo y autonomía.
Respecto al cambio climático, el clima no se está calentando por accidente; se está quemando para alimentar el crecimiento de activos privados. Si nuestras políticas climáticas no abordan los patrones de propiedad y la distribución del capital, simplemente estaremos cambiando un color de energía por otro, manteniendo intactas las cadenas de la desigualdad. La verdadera transición ecológica ha de ser social y política.
Sin embargo, hay esperanza, la desigualdad no es inevitable. Las herramientas existen: desde el informe se propone la tributación progresiva real, reforma de la arquitectura financiera internacional y políticas de cuidado con perspectiva de género. No son las únicas respuestas, pero son herramientas que nos permitirán saber como continuar transformando la realidad con justicia social. La pregunta no es si podemos reducir la desigualdad, sino si tenemos la voluntad política para reconstruir las coaliciones necesarias que pongan el bienestar colectivo por encima de la acumulación extrema.
Si quieres consultar el informe completo puedes acceder al mismo haciendo click aquí
